La fuga (primera parte)

Por: Fernando F Hermida

José Carlos Olazábal estudiaba medicina en La Habana cuando el país entero explotó en pedazos. Era julio de 2021 y el calor de la isla había telurizado la situación más desesperada que había vivido Cuba en medio siglo. Miles de personas salían a las calles a reclamar libertad y comida al gobierno y él había abandonado las clases en la facultad junto a unos amigos para unirse a la turba. La isla ardía de extremo a extremo y José Carlos sentía que estaba siendo parte de la historia de su país por primera vez.

José Carlos y Pablo estudiaban juntos desde la secundaria, el azar los había unido en la misma aula de todas las escuelas donde habían estudiado y el amor por la medicina había terminado por blindar una amistad que prometía ser para siempre. Ambos jóvenes no sólo compartían sus pasiones por la Anatomía sino también las frustaciones de vivir en un país que hacía rato ya había echado su futuro por la ventana.

 Cada vez les quedaban menos amigos en Cuba. Daniela y sus padres había construido una rústica balsa de madera y se habían aventurado hacia el estrecho de la Florida hacía unas semanas; Eduardo, el flaco les había escrito desde Serbia en medio de una travesía infinita hacia España. Los gemelos del barrio trabajaban en una charcutería en Uruguay y Mirita esperaba el momento para comenzar el sendero desde Nicaragua hasta la frontera de México con Estados Unidos: esa parecía la vía más prometedora. Pocos meses después de los disturbios,  el gobierno de Daniel Ortega, en una jugarreta política con su par cubano, había eliminado el visado para los cubanos y ahora la fuga incontenible desde la isla se estaba convirtiendo en una válvula de escape para La Habana que prefería perder a sus jóvenes en vez de prometerles un país en el que valiera la pena vivir.

El bar de Armandito estaba cada vez más vacío. Las mismas luces locas, los mismos tragos, la misma marihuana escondida bajo el mostrador, todo parecía incólume menos la clientela. María Carla, la hija del general Perdomo era la única que aún parecía divertirse. Todavía recordaban la última fiesta en su mansión de Miramar con asistencia exclusiva. Ni José Carlos, ni Pablo habían visto tanta comida en su vida. Las bebidas, todas importadas, eran consumidas con fruición  por los jóvenes del jetset de La Habana, los hijos de los políticos y los generales. Allí aprendió José Carlos qué era el hachís y cómo lucía la cocaína. La fiesta era alucinante y opulenta; fuera, sin embargo,  el país se consumía en la desidia y el hambre.

Aquella mañana el email de Mirita les cambiaría la vida a los jóvenes. Les contaba con detalles cómo planear un viaje a Nicaragua, dónde quedarse en Managua, y cómo conseguir un coyote que les guiara por todo el istmo justo a la frontera con Estados Unidos. Pablo logró que una prima que vivía en Miami le sacara los ´pasajes y le prestara el dinero para el trayecto.

José Carlos tenía algo guardado pero también había recurrido a unos amigos para completar los 10 mil dólares que les costaría un viaje de solo tres horas y de allí por tierra hacia el norte. La noche anterior fue difícil. No pudieron dormir. Saldrían del país por primera vez y eso les apretaba el estómago. El abuelo de José Carlos, un viejo revolucionario de la vieja guardia había cedido a desearle a su nieto un buen viaje y, entre lágrimas, le exigió que llamara en cuanto llegara. Ya en el aeropuerto, la larga cola del chequeo de boletos añadía más tensión al viaje. Nadie los había ido a despedir como habían pactado. Pablo no llegaba, no llegaba. Hasta que al fin apareció y escupió la verdad de su tardanza: “Oye, yo me quedo” Un silencio explosivo congeló el saludo de aquella mañana. José Carlos no entendía lo que estaba pasando, pero respiró profundo, abrazó a su amigo y dio la espalda no solo a Pablo sino también a un país que inoculaba el miedo y comprometía el futuro de toda su generación. Mañana seré libre, pensó y subió al avión.